Cada etapa de la vida universitaria deja marcas. Algunas son visibles: materias aprobadas, proyectos de investigación, prácticas profesionales. Otras, más profundas, aparecen cuando un estudiante cruza la frontera del aula y se encuentra con una comunidad que no lo recibe como experto, sino como interlocutor. Ese momento, el de la extensión universitaria, desacomoda certezas y puede transformar de raíz la formación de quienes lo atraviesan.

Laura Lonardi, especialista de la UNER, lo resume sin rodeos: “Los y las estudiantes que participan en experiencias de extensión no solo suman conocimientos, también aprenden a dialogar, a escuchar y a reconocer saberes que no figuran en las bibliografías obligatorias”. No es un simple agregado técnico: es un cambio en la forma de concebir el conocimiento. Validar lo que otros saben convierte a un estudiante en un profesional más crítico y sensible al contexto donde ejercerá su tarea.
Si tomamos en serio esa idea, la universidad no es una isla: ya se reconoce como parte del territorio y como un actor más en los procesos comunitarios. Lonardi lo subraya con firmeza: “La universidad es parte de un territorio, está inserta en un territorio. No somos una isla”. El desafío advierte, es profundizar esa mirada: acompañar sin sustituir, dialogar sin imponer, sostener vínculos que se construyen con otros y no desde arriba.



La extensión crítica es la función que pone en acto ese compromiso. Responde a problemáticas locales, pero no desde la imposición, sino desde el diálogo. El riesgo advierte Lonardi, es la simulación: “Cuando se reproducen modelos que, en vez de igualar, profundizan asimetrías de poder”. El desafío es no caer en ese gesto paternalista que tranquiliza a la universidad, pero poco transforma a las comunidades. La extensión crítica, en cambio, busca construir saberes colectivos, donde la teoría ilumina, pero no arrasa, acompaña, pero no dicta.
Entonces, ¿qué tipo de profesionales necesita el mundo de hoy? Para Lonardi, la respuesta está en la extensión: “jóvenes empáticos, con capacidad de escucha, críticos y humildes, capaces de entender que el conocimiento se teje en plural”.


Los testimonios que Lonardi sistematiza lo confirman: estudiantes que aprendieron a repensar su profesión, que entendieron que los problemas sociales no admiten recetas prefabricadas y que descubrieron que la empatía también es una competencia profesional.
La brújula está ahí: en esas experiencias que incomodan y no entran en los márgenes de la académica. La pregunta es si la universidad se atreverá a reconocerlas y a dejar que transformen la formación desde la raíz.
Porque la deuda no es solo con la extensión. Es con los estudiantes y con el futuro de la universidad que decimos querer construir.