Sábado ocho y media de la mañana, mientras la ciudad despierta, en la Casa de las Culturas ya hay movimiento. Termos, cuadernos, maestras jardineras, directivas, estudiantes del profesorado, algunas con muchos años de aula, otras recién iniciando. Con la expectativa, como si todas supieran, que en ese salón no se viene solo a aprender contenidos, sino a reconstruir certezas.

El curso de intervenciones didácticas que acompañan la construcción de la alfabetización inicial, dictado por María del Carmen Rodríguez y Mónica Anauati, es más que una capacitación. Es una respuesta política y pedagógica a una pregunta que incomoda: ¿por qué, después de tres o cuatro años de escolaridad, tantos chicos no logran comprender lo que leen?
Antes de comenzar con los contenidos, se propuso un gesto simbólico: elegir un color que las represente. Curiosamente, el verde ganó por goleada. “Verde como la esperanza” se escuchó y luego “Porque enseñar es también una forma de resistir”, dijo una docente. Otra agregó: “Porque los niños saben leer, pero no comprenden”.
La urgencia de comprender
Las pruebas Aprender, de conocimiento público, encendieron una alarma: los chicos tienen dificultades para leer y escribir en tercer, cuarto y quinto grado»», muchos niños llegan sin comprender textos complejos. Pero las docentes Rodríguez y Anauati son claras: el problema no es solo de los chicos. Es del sistema. Un sistema que muchas veces exige lo imposible —comprensión profunda con métodos obsoletos— o terceriza el aprendizaje en los hogares.
“El curso está pensado para romper con eso —dice Anauati—. Para ofrecer herramientas reales a las maestras, actualizadas, basadas en evidencia, que las ayuden a que los chicos no solo lean, sino que comprendan. Que produzcan textos. Que tengan algo para decir”.
La propuesta se alinea con los lineamientos del plan provincial de alfabetización de Jujuy. Pero va más allá del cumplimiento formal: se trata de recuperar el sentido de enseñar lengua como acto transformador. La alfabetización, como campo de disputa.
Anauati lo explica así: “Hoy se da vuelta la ecuación. Ya no es el docente el único activo en el aula. El protagonismo lo tienen los chicos. No se trata de repetir ni de copiar. Se trata de comprender, de preguntarse, de producir sentido”.
En ese marco, la idea de ambiente alfabetizador cobra una dimensión profunda: no se trata de laberintos literarios, sino de la complejidad de la lengua como «objeto de conocimiento». La lectura no es solo la cartilla. Es el cartel de la calle, las etiquetas del supermercado, el video de YouTube, el mensaje de WhatsApp. Es, en definitiva, el entramado social que los rodea. «A veces leen una frase corta, un cuento sencillo, pero no pueden comprender la complejidad de la lengua», subraya Rodríguez. Lo que se busca es enseñar a leer el mundo.
Y también, a cambiar las preguntas. “No queremos más respuestas que copian textualmente un fragmento. Queremos que los chicos interroguen los textos. Que hagan sus propias preguntas. Que el texto les hable, pero que ellos también hablen de vuelta”, apunta Rodríguez.



Desde esa perspectiva, enseñar a leer y escribir en el nivel inicial no es un acto mecánico ni neutral. Es, quizás, uno de los desafíos más políticos de la educación actual. Porque no se trata solo de formar buenos lectores, sino ciudadanos críticos capaces de aprender y aprehender el lenguaje, de construir sentido, de imaginar otros mundos posibles.
“Los chicos leen —insiste Rodríguez—. Leen en internet, en los celulares, leen el mundo; hoy se lee más que nunca. El problema no es que no leen. El problema es ¿qué leen?, ¿cómo lo comprenden?, y si nosotros los acompañamos o los dejamos solos”.
Por eso, el curso está dirigido a docentes desde el nivel inicial hasta tercer año de primaria. Porque el conocimiento de la lengua no empieza con el abecedario, sino con el nombre propio, «con la identidad», con identificar el paquete de galletita preferida, con ese cartel que dice “salida” y que un niño identifica antes de que alguien se lo enseñe.
En los primeros momentos del curso, la consigna fue sencilla: elegir un color que las representara. Y muchas se inclinaron por el verde, verde el color de la esperanza. Una metáfora de la vocación que, a pesar de las presiones, el desgaste, la precarización, la sobre exigencia y las demandas del mundo actual —como dijo una docente, «te obliga a trabajar en casa y en el trabajo»—, sigue siendo un motor de cambio. «El que trabaja de docente es porque quiere y le gusta», resonó en el aula. Y sí, la profesión es de «crecimiento y renovación a diaria».
La escena se cierra como empezó: en ronda. Una docente levanta la mano y dice: “Yo elegí el verde porque todavía creo que la escuela puede”. Nadie dice lo contrario. En tiempos donde la palabra “educación” parece perder espesor en los discursos públicos, en esa sala de la Casa de las Culturas, la lengua se vuelve materia viva. Y la alfabetización, un acto de acción.
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El curso de intervenciones didácticas que acompañan la construcción de la alfabetización inicial tiene las inscripciones cerradas.